Dentro del taller se podía ver una amalgama de herramientas desperdigadas por todo el bajo. Se veían también varias estanterías con algunos utensilios y tubos que deberían ser recambios y herramientas de fontanería. Probó suerte otra vez:

-¿Genaro? ¿Hay alguien aquí?

-¡Sí, voy! – se oyó una voz salir de una habitación que Clara no había llegado a ver, seguramente por la cantidad de trastos que había esparcidos por todos lados.

-Hola, soy Clara. ¿Es usted Genaro, el fontanero? Clara lo examinó físicamente de arriba a abajo intentando descifrar si aquel hombre era el mismo que había hecho estremecerse anoche, y sí, no tenía ninguna duda ¡Era él! Las manos le empezaron a sudar, su corazón se aceleró a más de cien pulsaciones.

-Sí, ese soy yo, ¿En qué le puedo ayudar? – replicó Genaro

Clara se quedó petrificada, no sabía qué decir. Después de unos segundos incómodos sin decir absolutamente nada, se armó de valor y le hizo una pregunta directa:

-Por casualidad, ¿Usted no pasaría anoche por la calle Miguel Hernández?

El hombre se quedó asombrado, pero respondió sin dilación:

-No, que yo sepa no. ¿Por qué lo pregunta?

-No, es que ayer vi a alguien pasando por esa calle, y creo que fue usted.

Justo cuando acaba de decir esa frase, Clara supo de lo absurdo que sonaba. Sabía que podía recibir algún improperio de Genaro.

-Pues no lo sé, pero si hubiera sido qué más da. ¿Habría algún problema en ello? – dijo Genaro con síntomas de nerviosismo

-No, claro que no – dijo Clara. Eran esos momentos en los que debía asumir que había perdido, y mejor retirarse y volver a la carga más preparada.

-¿Necesita algo más? – apuntilló Genaro con tono chulesco.

-No, no, perdone, me tengo que ir – dijo Clara deseando salir de allí cuanto antes.

Clara se disponía a salir, sólo le quedaban unos metros para llegar a la persiana entreabierta que suponía una bocanada de tranquilidad, después de los nervios e indecisión que le provocó la conversación con el fontanero. En ese mismo instante escuchó un ruido venía de atrás y justo cuando se giró para ver qué estaba pasando notó un pinchazo en el costado. Era Genaro, aquel fontanero que vio la pasada noche, aquel que le dijo que no le haría daño, le había clavado algo. Sólo le dio tiempo a girarse y ver las pupilas dilatadas de su agresor. Ni siquiera le dio tiempo a verse la herida, se desplomó en el suelo, los párpados se le fueron cerrando conforme iba cayendo.

No sabía qué hora era, ni siquiera sabía si habían pasado días. Tenía un enorme dolor de cabeza que subía desde la espalda, pero al menos se sentía viva. Clara sintió que volvió a nacer, creía que estaría muerta, Genaro no la había matado, pudo ver que lo que creía que era un cuchillo había sido un pinchazo de aguja en el costado. Le habían inyectado algo y por eso se desplomó al instante. Definitivamente aquel fontanero sí que quería hacerle daño, pero no sabía por qué la quería viva. Desconocía el motivo por el cual quería retenerla o hacerle daño. ¿Acaso es este el recibimiento que les hacen a los forasteros que se mudan al pueblo?

Clara tardó poco en darse cuenta que tenía atada las manos y los pies con cinta americana. Tenía que salir de allí como sea, no sabía qué planeaba aquel hombre. Se percató que había una tubería partida en el suelo, a medio soldar, podría servirle para romper la cinta y así quedar liberada. Cuando se estaba deslizando hacia la tubería sintió como su cuerpo apenas le respondía, le costó al menos unos minutos gatear unos pocos metros. Tenía que darse prisa, estaba oyendo como el fontanero trabajaba en la habitación contigua, no había que perder tiempo. Hizo un sobreesfuerzo y empezó a romper la cinta que le ataba las manos. Pasado unos pocos minutos ya lo tenía, se había liberado las manos, la cinta que le envolvía los tobillos sería coser y cantar.

Pronto se pudo alzar, seguía bastante débil pero ahora quedaba lo peor, tendría que salir y la habitación donde estaba no había ventanas, la única salida es donde estaba Genaro, tenía que enfrentarse a él si quería salir de ahí. Debía ayudarse de algún utensilio si quería jugar con ventaja. Agarró una pieza de metal similar a un orinal que encontró entre los cachivaches apilados en el suelo y se dispuso a luchar. Respiró hondo y salió como una flecha decidida a quedar libre, cruzó la puerta y vio al fontanero haciendo una soldadura, oculto tras la máscara de protección. A Genaro no le dio tiempo a ver lo que le sobrevenía. Nada más girar la cabeza ya tenía a Clara junto a él dispuesta a acabar con su secuestro. El primer golpe con el arma le dio en la máscara de protección, no lo tumbó pero lo dejó desorientado. Acto seguido Clara levantó de nuevo el arma y le volvió a asestar el golpe definitivo en la cabeza. Genaro cayó desplomado al suelo. La chica, asustada y aturdida lanzó el orinal manchado de sangre al suelo y salió corriendo.

Tenía que salir de ese pueblo, debía volver a su ciudad natal con su familia, ni se atrevía a ir a la policía a denunciar, no sabía qué había provocado todo este embrollo. Las llaves del coche las tenía en el apartamento así que salió disparada hacia allí. De camino a casa se percató que la tienda de doña Matilde estaba cerrada, pero ni siquiera sabía qué hora era, no tenía tiempo para pensar en eso. Llegó al portal de su casa, abrió la puerta principal rápidamente y subió las escaleras de dos en dos, no podía parar, tenía que salir de allí. Justo cuando llegó a la puerta de su casa se percató que estaba ya abierta. ¡Pero qué estaba pasando! Exclamó para ella misma.

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