Clara era una persona de las calificadas como <<normales>>. Fue a la universidad, se licenció en económicas. Tuvo una vida similar a la de cualquier otra chica de ciudad. Todo normal excepto lo relacionado con su mente, donde ahí sí que era todo muy distinto. Su cabeza era una olla hirviendo de disputas. Se atormentaba por cosas que cualquier persona pasaría por alto sin el menor reparo. Un mal día para ella suponía una penitencia difícil de superar. Cualquier riña con un familiar provocaba una llamarada de ira que le provocaba una profunda depresión. Al principio sus seres más allegados pensaban que era cosa de la adolescencia, que se iría pasando con el tiempo, pero no fue así.

Después de terminar la universidad, empezó a trabajar en un bufete de abogados bastante prestigioso, aunque su verdadero sueño era trabajar como publicista. No tardó en progresar en la empresa hasta alcanzar un respetado puesto con un salario más que decente. Es ahí donde se encontró con el que pensaba que era el amor de su vida, un hombre no muy alto pero que tenía un atractivo intrínseco, escandalosamente bello, delgado, esbelto, exhibía un físico envidiable gracias a las horas de gimnasio. La primera vez que Clara lo vio supo que algo se removía en su interior que le atraía. No sabía si era su pelo perfectamente fijado, si por el contrario era su físico, o la enorme franqueza con la que se dirigía a ella.

Dos años duró la relación, con un final un tanto inesperado. Clara descubrió que le engañaba con otra mujer. Ese día fue un punto y aparte en su vida. Su mente, que siempre le había jugado malas pasadas se dispuso a arrancar una guerra que duraría tiempo. Por su cabeza pasaban cosas horribles. Planeó minuciosamente como deshacerse de la mujer con quien el que era su pareja le había traicionado. Llegó a estudiar todos sus movimientos, sabiendo los momentos en los que la chica estaba más indefensa. Planeó un asesinato en toda regla, y se odiaba por ello. En el fondo sabía que aquello estaba mal, que no podría vivir con ello, y le amargaba.

Quería escapar de todo aquello, de su mente, de sus pensamientos, pero no podía. Esto fue lo que le llevó a abandonarlo todo e irse a aquel rincón del cantábrico, alejado de toda su vida que le recordaba al que fue su amor, huyendo del dolor y de su vida, aquella que tantos conflictos le había traído.

Pero aquella noche en el pueblo algo cambió, ese hombre que parecía decirle que no le haría daño le hizo saltar de nuevo una chispa en su mente. Pero esta vez estaba desconcertada, no sabía por qué alguien de un pueblo donde apenas conocía nadie iba a querer hacerle daño a ella, a una persona que se limitaba a ir al trabajo por las mañanas y sentarse al borde de su ventana por las tardes.

Eran las dos de la mañana, habían pasado cuatro horas desde que vio a ese hombre por la ventana, su cabeza iba a mil por hora, decidió bajar a dar una vuelta y ver si podía averiguar algo, sabía que tenía esa valentía y más si hacía falta.

Bajó las escaleras de dos en dos, decidida a resolver este misterio. Abrió la puerta que daba a la calle, sorteó el último escalón que separaba el portal del edificio, se quedó mirando a ambos lados. Recordó que aquel hombre venía andando desde la izquierda hacia la derecha, así que fue hacía ese lado calle abajo. Había pasado casi cinco minutos andando y ya estaba en el límite exterior del pueblo, y no había visto ni un alma en todo el trayecto. Se dijo a ella misma que qué estaba haciendo, que no tenía sentido seguir andando habiendo pasado ya más de cuatro horas desde que vio a aquel hombre, seguramente ya estaría muy lejos o vete tú a saber dónde.

Clara volvió a casa por donde había venido, y seguía dándole vueltas pensando quién era ese hombre. Ella no conocía a nadie del pueblo, salvo a doña Matilde, la dueña del supermercado del pueblo, lo que le recordó que mañana era Sábado y tenía que ir a comprar, podría aprovechar para preguntarle.

A la mañana siguiente se levantó como siempre, con la sensación de que no había dormido bien, acompañada de una jaqueca insoportable. Después de poner los pies en el suelo, se quitó la poca ropa que tenía y se dispuso a darse una buena ducha caliente, con la esperanza de que redujera ese dolor de cabeza que le taladraba sin cesar. Abrió la puerta de la ducha, se metió con paso torpe pero decidido, abrió el grifo, y el agua comenzó a tocar su cuerpo. Clara era una mujer bastante atractiva, tiene un cuerpo atlético pero bien definido, caderas anchas, curvas prominentes y un cabello castaño que la acariciaba hasta la mitad de su espalda.

Lamentablemente esa ducha no había hecho desaparecer la jaqueca, así que fue a lo seguro, una buena taza de café. Cuando terminó el último trago de ese café se vistió rápidamente y se dispuso a ir a la tienda del pueblo donde quizás doña Matilde sepa algo del extraño hombre de anoche. Una vez en la calle, Clara emprendió el corto camino hacia la tienda, un par de calles y ya estaba allí, un cartel austero un poco torcido donde apenas se lograba leer el nombre de la tienda: “Tienda Matilde”. Una vez dentro se podía oler los tomates frescos de temporada bien dispuestos en capazos de esparto, ubicados en la parte más alejada del mostrador, junto con otras frutas y verduras como judías, alcachofas y unas cajas de fresas con un color que pocas veces se ve en las ciudades. Justo en frente de la fruta y verdura estaban los mostradores, uno de ellos tenía una vitrina refrigerada que tenía la parte de carnes y embutidos. Justo detrás de los mostradores se situaba un pasillo donde las dependientas despachaban. Ese corredor estaba rodeado de estanterías repletas de productos enlatados y algunos utensilios de cocina y limpieza. En un lateral había una puerta donde supuestamente debería estar el almacén. En ese momento había una anciana en la tienda además de la dependienta Matilde, la dueña, que acababa de salir del almacén y con voz grave se dirigió a la anciana:

– ¿Cuánto quiere de este queso Paquita?

– Lo de siempre Matilde, un cuarto de cheddar, y dime lo que te debo – dijo la anciana con voz tenue.

– ¡Pues marchando! Por cierto, buenos días chica.

– Buenos días.- contestó Clara con voz ronca de buena mañana.

– ¿Qué quieres que te ponga?

– Pues… se quedó dubitativa mientras veía como la anciana terminaba de meter la compra en el carrito. Póngame medio kilo de estas judías que tiene aquí.

Doña Matilde cogió una bolsa de plásticos y se fue directa a por la judías. Justo cuando estaba empezando a cogerlas Clara se decidió a sacar la conversación por lo cual había ido a la tienda.

– Oiga, Doña Matilde. ¿Usted conoce a mucha gente aquí?

– Pues sí, somos pocos en este pueblo, y cada vez menos. Los jóvenes se van a trabajar a Santander. ¿Está usted de vacaciones aquí?

– ¡Qué tiempos aquellos! Cuando veía a los niños corretear por la plaza de la Iglesia – exclamó la anciana.

– No – Dijo Clara. Llevo viviendo aquí un par de semanas.

– Pues ¡qué bien! – exclamó Doña Matilde.

– Y usted por casualidad ¿No conocerá a un hombre de unos cuarenta años, barba de dos días y que suele llevar un pin en la chaqueta? – se decidió a preguntar Clara.

– ¿Un pin en la chaqueta? – Se quedó pensando unos segundos. Pues como no sea Genaro, el fontanero. Es un forofo del Atlético de Madrid, y casi siempre sale con el pin puesto. ¿Por qué lo pregunta?

– No, por nada, porque ayer me saludó y no supe quién era. – Fue la primera excusa que se le pasó por la cabeza. ¿Usted sabe dónde puedo encontrarle?

– Sí, tiene un taller en la plaza Mayor, justo en frente del ayuntamiento ¿Va a querer algo más? – Respondió doña Matilde un poco incómoda por la pregunta.

– No, gracias. La cuenta cuando pueda.

Clara no paraba de darle vueltas a la cabeza, olvidando todas las demás cosas que tenía que comprar. ¿Sería el fontanero el hombre misterioso? ¿Por qué me dijo que no me haría daño? Sin dudarlo ni un momento se dispuso a ir al taller del fontanero. No tardó en llegar a la plaza Mayor, donde se podía ver una persiana doblada y lo suficientemente abierta para que una persona pasara. Justo arriba de la persiana se podía ver un letrero que ponía “Fontanería Genaro”.

Clara, con paso decidido pero precavido, entró dando un leve golpe a la persiana:

– ¿Hay alguien? – dijo Clara sin que nadie contestará.

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