El olor del tabaco se le hacía cada vez más insoportable. Sabía que no podía parar de fumar, pero aún así, empezaba a detestarlo. Ese hedor impregna todo el salón y no era capaz de ponerle remedio, como tampoco podía parar las ganas de llorar.

Cada tarde, cuando llegaba del trabajo, Clara se sentaba en el alféizar, mirando a través de la ventana, buscando una confirmación a sus actos. Esperaba que alguien le dijera <<sí>>, has tomado la decisión correcta! Pero nadie contestaba…

Los días iban pasando, y cada vez iba dejando atrás el momento, ese instante en el que lo dejó todo, cogió las maletas y se mudó de ciudad. Estaba huyendo, quizás era una cobarde, pero no podía aguantar más. Su ciudad natal se le hacía cada vez más pequeña, siempre las mismas calles, la misma gente, la rutina la agotaba.

Clara había tenido pareja durante diez años. La vida con él se le hizo cada vez más cuesta arriba, incluso lo llegó a detestar. Ese fué uno de los detonantes para dejarlo todo y mudarse a Cruz de Piélagos, un pequeño pueblo a treinta minutos de Santander. Todavía se sigue preguntando por qué ese pueblo y no otro, quién sabe, siempre le había gustado el norte, los prados verdes, montañas exuberantes de vegetación. Esas calles cuesta arriba que tanto le recuerdan a su vida, intentando llegar hasta arriba, para que el resto del viaje fuese un paseo plácido y contemplativo, cuesta abajo.

Meses atrás vio una oferta de trabajo por Internet, como publicista de una empresa con sede en Santander. Nunca tuvo mucha suerte con las entrevistas, pero esta la superó con creces, quedaron impresionados el día de la entrevista, o al menos eso pensó ella, ya que la llamaron muy pronto, precipitando aún más su huida.

Tenía jornada continua, así que podía <<disfrutar>> las tardes. Se apoyaba en la repisa de la ventana, se encendía un cigarrillo detrás de otro y veía a la gente pasear. Lo cierto es que no había mucho bullicio, era un pueblo tranquilo y donde apenas vivía nadie. Sin embargo, pensaba que era lo que necesitaba, paz, reflexión frente a esa ventana. Cada día que pasaba más se eternizaba su imagen tenue reflejada en el cristal, separándola de la realidad.

Una tarde de octubre, el otoño se adentraba cada vez más en su corazón. Una oda de melancolía recorría su mente a la vez que provocaba el llanto que no podía ni quería parar. Al anochecer, se disponía a fumarse el último pitillo antes de abandonar su cómoda posición frente a la ventana. Justo cuando estaba a punto de encenderlo, algo detuvo su movimiento. Un hombre, que estaba de pie, inmóvil se le quedó mirando, estaba hablando pero ella no podía oírlo por la lejanía. Parecía que le decía una y otra vez lo mismo. Clara se quedó petrificada, sin entender qué es lo que ese hombre, de aspecto esbelto, pelo castaño y de mediana edad intentaba decirle. Vestía de blanco, tenía barba de dos días y llevaba un extraño pin en el bolsillo de la camisa. Aquel hombre gesticulaba muy bien y ella no tardó en adivinar qué es lo que estaba diciendo. Justo cuando terminó de descifrar sus palabras un escalofrío recorrió su cuerpo: <<No te haré daño Clara…>> parecía decir.

Pasados unos segundos, y habiéndose recuperado del entumecimiento que le provocó la situación, alargó la mano temblorosa hacia la manija de la ventana. Al abrir la ventana su asombró alcanzó cotas insospechadas, el hombre había desaparecido, como por arte de magia. La calle estaba medio desierta, no había nadie. Acto seguido, Clara cerró la ventana y se quedó pensativa. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué querría alguien hacerme daño? ¿Había sido un sueño?…

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